El mensaje de Jesús movía los corazones.  Muchos se convertían y creían en la Buena Noticia.

 “...Subió a un  monte y llamó a los que quiso, vinieron a Él y designó a  doce  para que le acompañaran y para enviarlos a predicar...” (Mc.3, 13. 

La  Iglesia de Cristo

Una estrecha amistad unía a Jesús con el grupo de discípulos “... Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando...  les digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre les he dado a conocer...”  (Jn.15, 14-15)

Así Jesús fundaba la Iglesia.  A esa Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, le confiaba Jesús la tarea de continuar su obra y su Misión en el mundo a través de los siglos que debía realizar ante todo proclamando el Evangelio, o sea por medio del  “ministerio de la palabra, celebración de los  sacramentos, testimonio”  (c.f.. Hch. 6, 2) 

Misión que  Cristo confió a su Iglesia 

En su vida terrena, Jesús envió a los Doce y les ordenó:

“...en el camino  prediquen diciendo:  el reino de Dios se acerca...” (Mt 10, 7)  Después Jesús “... designó a otros setenta y dos y los envió de dos en dos, delante de sí, a toda ciudad y lugar adonde él había de venir, y les dijo... Vayan, yo los envío como corderos en medio de lobos...” (Lc 10, 1-3)  “... Partieron y predicaron que se arrepintiesen...” (Mc. 6, 12) 

Antes de su ascensión, el Salvador envió solemnemente  a sus  Apóstoles a ejercer entre los hombres una actividad misionera: “...Como me envió mi Padre, así los envío yo...”  (Jn. 20, 21 “... Vayan  por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura... “  (Mc.16, 15) 

La Proclamación del Evangelio es su principal tarea

Así comprendió desde entonces la naciente Iglesia la Misión que le había confiado Cristo: su objetivo primordial era la predicación del Evangelio.

Por medio de su vida, muerte y resurrección, realizó Cristo plenamente la obra de nuestra salvación.  Más es necesario que a los hombres de todos los países y de todas las épocas llegue la Buena Noticia y la salvación que nos trajo Cristo.  (Rom.10, 17)

Por eso el Nuevo Testamento ha considerado el anuncio misionero como la primera y fundamental tarea de la Iglesia. 

El Evangelio, pues, que proclamamos, no es palabra humana sino palabra de Dios (1 Tes. 2, 13),

 La proclamación del Evangelio es una de las maravillas que Dios obra en el mundo, pues “... el Evangelio es poder de Dios para la salvación de todo el que cree...”  (Rom. 1, 16) 

La Predicación Misionera en la Iglesia Primitiva 

El hecho de ser testigo y creyente trae como consecuencia la obligación de  predicar. Cristo resucitado apareció a sus discípulos. Este encuentro con el Señor los llenó de  dinamismo, les dio un nuevo valor y la fuerza para dar  testimonio. Se esforzaron por tomar en serio el Evangelio de su Maestro y por  vivirlo conjuntamente en fraterna solidaridad.

Nos lo narran los Hechos de los Apóstoles   (2, 42;  4, 23-31) “... Entonces los discípulos se fueron a predicar por todas  partes...” (Mc 16, 20)  Para ellos  Misión de la Iglesia y predicación del Evangelio significaban lo mismo.

Pasaban de una región a otra proclamando la palabra de Dios (cf. Hech 13, 14)

Los Apóstoles  anteponían el ministerio de la Palabra a cualquiera otra función en la Iglesia: “No es razonable que nosotros abandonemos el  ministerio de la palabra de Dios para servir a las mesas. (encargar de esto a otros).  Nosotros debemos atender a la oración y al  ministerio de la palabra”  (Hch. 6, 24)

Por su parte, Pablo llega hasta afirmar: “No me envió Cristo a bautizar sino a evangelizar” (1 Cor. 1, 17)

Asombra ver con cuánta pasión se entregaron los Apóstoles a la  predicación de la palabra de Dios.

Aun en presencia de los jueces, Pedro y Juan declararon  abiertamente:  “nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4, 20)

Y Pablo exhortaba a su colaborador Timoteo: “...Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús que ha de juzgar a vivos y muertos... Predica la  palabra, insiste a tiempo y a destiempo...” (2 Tim. 4, 12) 

P. Edmundo Molina C.Ss.R.
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